lunes, 13 de diciembre de 2010

La alabanza y la crítica en la relación padre/hijo

Introducción
Las alabanzas y las críticas son juicios de valor que emitimos hacia alguien (en este caso hacia los hijos) que hay que saber comunicar, transmitir y usar en los momentos adecuados. Esta realidad mejorará la labor de los padres y su relación con los hijos.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a emitir constantemente juicios de valor y comentarios sobre hechos y acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, en nuestro entorno más inmediato, de nuestros hijos, de la familia. Estos comentarios los emitimos, en ocasiones (por no decir en la mayoría de ellas) alegremente sin pensar en las repercusiones que puedan tener.


Este es el caso de las alabanzas y las críticas hacia nuestros hijos. Se tratan de juicios, unas veces positivos y otras negativos; unos días pueden parecernos imprescindibles (las necesitamos, las necesitan nuestros hijos) y otros días, incluso perjudicar porque se sabe que no son merecidas.


Tememos ser juzgados

Al principio, el niño necesita los juicios constantes de los padres para controlar su conducta y aprender a comportarse porque decimos que posee una moral heterónoma, es decir, depende de los mayores, de otros para comportarse y aprender. Con el tiempo, ya cerca de la adolescencia y en plena etapa adolescente, el chico y la chica se vuelven seres con autonomía moral, queremos decir con ello que son capaces de crear sus propias normas, valores, actitudes y conductas y no son tan dependientes de los mayores. Es esta fase y a partir de ella cuando el individuo teme más los juicios que los otros emiten sobre sus actos, tanto buenos como malos.


Este comportamiento de rechazo hacia los juicios de los otros se explica sobre todo en los adolescentes porque disponen claramente de dos vidas, una exterior que es la que se aprecia, se percibe por todos los que le rodean a diario, lo que dicen, hacen... La otra, está determinada por su vida interior, sus intenciones, motivaciones, deseos y sentimientos más íntimos que suponen un torbellino de ideas que hacen al individuo más aislado.


Es este el motivo por el que nos preocupa que los demás nos juzguen. Creemos que nosotros somos los que mejor nos conocemos y nos violenta pensar que los demás nos juzguen por lo que parece que somos, no por lo que realmente somos.


Pero esta realidad la tienen que vivir, en cierta medida, los niños y adolescentes, porque precisan ser guiados, reconducidos en su conducta, y esto lo llevan a cabo los padres por medio de juicios que exteriorizan en alabanzas y críticas.


Relación ante las alabanzas y las críticas

La reacción que los hijos presentan ante las alabanzas y críticas es difícil de predecir. A veces reaccionan a las alabanzas diciendo que son inmerecidas. Cuando hay baja autoestima, los hijos intentan evitar la crítica o el castigo. Algunos siempre desean más alabanzas, nunca tienen suficiente. Por otro lado, mientras que unos no reaccionan a la crítica, otros se derrumban a la mínima.


Es siempre difícil predecir cuál será su reacción ante un juicio. Como norma general, es mejor limitar tanto las críticas como las alabanzas para que tengan más significado cuando realmente sean necesarias. Por otro lado vamos a conseguir más efectividad. Una pauta interesante a seguir es decir a alguien algo agradable de vez en cuando, especialmente si quien recibe el halago no se lo espera.


Los adultos suelen ser críticos

Normalmente los padres esperan que los hijos hagan las cosas tal y como a ellos les gustaría. Como eso no es posible y, normalmente no se da el caso, terminan recurriendo a la crítica sobre todo cuando las cosas no se hacen o se dejan a medio hacer.


En estas situaciones es difícil no ser crítico y la verdad es que no se puede evitar. Lo que sí debemos vigilar y cuidar es criticar menos y si lo vamos a hacer, que sea en el momento adecuado. Se trata pues de ser menos crítico, de que los padres no sean constantes jueces de la actitud y comportamiento de los hijos. Si esto ocurre estamos negando la libertad de autocrítica de cada individuo y estamos influyendo negativamente en el desarrollo de su propia autonomía moral.


Si alguien recibe constantemente los mismos mensajes o los recibe de la misma forma (a voces, de malas maneras...), termina por no hacer caso a los mensajes que pretenden conseguir el efecto contrario, es decir, que el individuo modifique su actitud y conducta ante un hecho como puede ser el rendimiento escolar, mantener el orden de la habitación...


Y si los hijos no suelen hacer caso de la mayoría de las cosas que de forma reiterada dicen los padres, en cierta forma es bueno, porque también los adultos se deben parar a pensar el contenido de los mensajes que dirigen a los hijos, muchos de ellos cargados de negativismo, sin validez moral,... en una palabra, no se piensa bien lo que se dice a los hijos. Y no solo no suelen hacer caso de los mensajes de los padres, sino que además, y por suerte, suelen olvidar los comentarios que más pueden herir.


Las mejores metas se alcanzan cuando los hijos son capaces de llegar a sus propias conclusiones sin depender tanto de los adultos. Pero, ¿y si este momento no llega?, ¿tendrán paciencia los padres? Realmente, es una situación muy delicada porque la experiencia no demuestra que no esperamos lo suficiente y los adultos terminamos criticando otra vez. Esta situación casi no se puede evitar, podríamos decir que va implícita a la propia situación de la relación entre padres e hijos.


La fórmula la podemos encontrar cuando se dicen cosas agradables, de la forma adecuada, en el momento justo. Los hijos sabrán perdonar a los padres aunque éstos les juzguen demasiado a menudo. La alternativa a ser un constante crítico es decir cosas agradables de vez en cuando, sobre todo cuando los hijos no se lo esperan. Para ello, es preciso disponer de algo muy elemental y que por desgracia en el mundo actual no encontramos con facilidad, y son los momentos para hablar que deben tener las dos partes y que, seamos claros, los hay, por muy atareados que nos encontremos todos, incluidos los hijos.


La autoestima no se aumenta con las alabanzas

La alabanza no aumenta automáticamente la autoestima del individuo. Sí es verdad que la alabanza refuerza una autoestima ya existente o una experiencia con efecto positivo en la autoestima.


Además de alabar o elogiar hay que decir la verdad y los hijos aprenden a diferenciar cuándo un mensaje es verdadero o no. El valor de la alabanza y la credibilidad de la persona que emite el juicio disminuyen automáticamente cuando dicha alabanza no se merece.


Se sabe cuándo un niño posee una autoestima baja porque su comportamiento busca constantemente las alabanzas que refuercen sus virtudes ya que él no es capaz de hacerlo porque presta más atención a sus faltas o defectos. Este es el motivo por el que estos niños dependen de mensajes externos, de quien les rodea. Debemos conseguir que confíen más en ellos mismos, en sus propios sentimientos de satisfacción cuando logran algún éxito. Si realmente un niño busca la aprobación de los demás, de los padres, es bueno dársela pero sin exagerar como por desgracia se suele hacer, pensando que cuanto más enfaticemos nuestra aprobación, más feliz haremos al niño y eso en realidad, es engañarle.


Una estrategia a seguir muy frecuente y no difícil de poner en práctica es cuando un niño se acerca y nos pregunta si nos gusta el dibujo que ha hecho o si le ha quedado bien lo que ha pintado... En esta situación, debemos devolverle la pregunta y pedirle que nos diga su opinión sobre su actividad, si le gusta o no a él, cómo la ve. En caso de que su comentario o su percepción sea negativa habrá que preguntarle por qué, que razone y conseguir una explicación lo más racional y justa.


Antes hemos dicho que las alabanzas sirven para reforzar la satisfacción del niño sobre lo que ha hecho. Son más efectivas si van dirigidas a un niño que se siente bien y no cuando se siente mal. Por otro lado ya hemos dicho que no hay que hacer que el niño dependa demasiado de las alabanzas.


Si nos encontramos un niño demasiado crítico consigo mismo, hay que ayudarle a comprender por qué se produce esta situación. La respuesta la podemos encontrar en algo que se suele dar y es que sus expectativas y metas son demasiado altas y por tanto alejadas de la realidad (incluidas las expectativas de los padres) Los hijos deben aprender que es bueno ser autocrítico (sin exagerar) para mejorar el nivel de rendimiento.


Si la idea del hijo coincide con los comentarios que los padres hacen de él, se consigue que el hijo confíe más en el criterio del adulto, siempre y cuando el adulto haya sido sincero y se base en la realidad. Como conclusión podemos afirmar que los buenos padres (que también hacen juicios negativos) gozan de mucha credibilidad, no abusan de las alabanzas o las críticas y han aprendido a coincidir con los sentimientos de sus hijos.


Cuándo son más efectivas las alabanzas y las críticas

Si las utilizamos cuando el hijo las espera, conseguimos hacer lo que demos hacer como buenos padres. Cuando se desempeña el papel que el hijo espera conseguimos seguridad en éste último. Esta situación se puede dar cuando el hijo espera la aprobación de los padres ante un buen resultado escolar. En este caso hay que elogiar, pero no olvidemos que lo que más vale es la idea y la opinión que el propio chico tiene de su éxito. Al contrario tenemos una situación parecida cuando un niño sabe que ha hecho algo mal y no puede evitar que los adultos lo descubran; ahora el elogio pierde valor porque el juicio negativo ya se ha producido con antelación en la mente del niño.


Una actitud positiva no es lo mismo que una alabanza

Cuando decimos algo agradable a un niño no tiene por qué ser un juicio y por tanto no es una alabanza. Podemos comentar a los hijos algo bueno que ha ocurrido sin necesidad de que ellos hayan intervenido y sean los protagonistas. Se trata de compartir con los chicos los momentos buenos y manifestar, exteriorizar, las buenas sensaciones que un hecho (que directamente puede no tener nada que ver con ellos) puede suponer para los adultos.


Podemos decir cosas agradables sobre una característica personal favorable del niño y así se demuestra que uno no siempre tiene que hacer algo para merecer elogios. Sobre algo agradable que haya hecho el niño. Sobre algo bueno de uno mismo para mostrar que la autoestima positiva es buena; con esto estamos transmitiendo que es posible sentirse bien con uno mismo sin buscar la aprobación de los demás. Sobre otras personas para demostrar que es positivo tener buenos sentimientos hacia ellas y es una forma de demostrar cómo hay que valorar a los demás. Sobre cualquier hecho, acontecimiento y mostrar así que uno se siente bien por algo (un nuevo día, un fin de semana, la comida de cada día, etc.) Sobre un árbol, una puesta de sol, un paisaje para demostrar que es bueno obtener satisfacción de las experiencias cotidianas.


En definitiva, decir cosas agradables demuestra que se tiene una actitud positiva, muy necesaria para todos y más en las relaciones entre padres e hijos.


Hay que destacar las virtudes

Muchos no son capaces de tener una autoestima alta porque no son capaces de identificar sus puntos fuertes. Esto es debido a que nos fijamos en demasía en nuestros defectos y menos en las virtudes y esta actitud la reflejan los adultos con sus hijos.


En realidad, todos tenemos más virtudes de las que creemos. Si por virtud entendemos una cualidad que destaca por encima de lo habitual, es importante subrayar las virtudes de los hijos por encima de los defectos.


Debemos saber que un niño puede tener virtudes aunque cometa muchos errores. Si esto es así será más fácil definir a un niño cuando estamos hablando con otro adulto. Digo esto porque en el entorno escolar (por ejemplo), los padres pecan demasiado de aspectos negativos cuando tienen que hablar de las características de sus hijos a los maestros.


Ejemplos de virtudes que pueden destacarse en los niños en situaciones concretas son: la lealtad del niño cuando ha mentido para defender a un amigo; el valor del niño que por primera vez va al colegio aunque tenga miedo; la persistencia que demuestra un niño al subir a un árbol aunque se rompa los pantalones; la integridad que demuestra un niño cuando es falsamente acusado pese a contestar con descaro a un adulto...


Es difícil ver una virtud en un acto que también podría exigir un castigo. Cuando se comprende a los niños, aunque se les critique o castigue, el acontecimiento será recordado durante mucho tiempo.


Fuente

Escuela de Padres

MEC

Ministerio de Educación de España

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