jueves, 16 de agosto de 2012

Una complicidad necesaria: establecemos buenas relaciones entre familia y escuela

En la dura tarea de preparar a las nuevas generaciones, sólo le queda a la familia y la escuela un camino, el de la colaboración, pero esto no es sencillo ¿Cuáles son los obstáculos? ¿Qué es lo que hay que remover? ¿Cuál es el camino?


“Todos los padres y madres del mundo quieren lo mejor para sus hijos, y por ellos hacen todo lo posible. Todos los maestros y maestras actuamos en la misma dirección con nuestro alumnado. No nos queda otra salida que acercarnos, mirarnos con respeto y aceptar, asentir con aquello que nos toca hacer a cada cual, sin prejuicios, sin exigencias, sin culpabilidades cruzadas. Tan sólo desde el reconocimiento absoluto del otro, y desde el amor que funda lo humano, vamos a encontrar las vías para hacer de esta relación entre la familia y la escuela un lugar de encuentro que ha de dar numerosos frutos, puesto que entre nuestras manos está, en gran medida, el futuro de las nuevas generaciones”.
Parrellada

Éste es el camino, la familia y la escuela están obligadas a entenderse, la educación de nuestros hijos e hijas exige que ambas instituciones abandonen y olviden la historia de desencuentros que ha precedido la relación entre ellas.

Hubo un tiempo, que nuestros padres y abuelos recordarán, en la que había una clara división de funciones entre la escuela y la familia. La primera era la encargada de enseñar una serie de conocimientos necesarios para la incorporación del individuo a la vida social y laboral, mientras que la familia se responsabilizaba más de la crianza y la educación cívica y moral de los hijos e hijas. Cada institución debía cumplir sus roles y no inmiscuirse la una en las tareas de la otra. Hoy en día, como consecuencia de la incorporación de la mujer al mundo laboral, el elevado número de horas que los padres pasan fuera de casa y la diversidad de modelos de familia existentes, estas funciones se están difuminando y, en muchos contextos, la escuela está asumiendo ambas. Por otro lado, los muros de la escuela no dejan fuera las problemáticas sociales y familiares de una sociedad moderna que están repercutiendo en la formación de la personalidad de los más jóvenes y que trasladan con ellos al centro docente. Ante este aumento de prestación de servicios de cuidado infantil en los centros, de la mayor dedicación en la educación moral y del carácter de un alumnado cada vez más diverso y de la complejidad y exigencia de una sociedad cambiante, es necesario y urgente que familia y escuela dejen de ser extraños entre sí y que no actúen cada una por su cuenta. Es el momento de los acuerdos y de los compromisos y así nos lo hace ver la propia legislación vigente:

A los padres y madres les corresponde “Participar de manera activa en las actividades que se establezcan en virtud de los compromisos educativos que los centros establezcan con las familias, para mejorar el rendimiento de sus hijos” (LOE, 2006).

Sin embargo, este encuentro no está siendo fácil ni se está produciendo de la mejor manera.

¿Qué puede estar dificultando la colaboración necesaria entre familias y profesorado?
El pedagogo Tiburcio Moreno, en un artículo publicado recientemente, nos señala de forma acertada dónde pueden encontrarse algunas de las limitaciones y dificultades para que la participación de los padres y madres en la escuela no esté siendo tan completa y efectiva como deseamos. Nosotros hemos añadido y completado sus observaciones.

¿QUÉ DIFICULTA LA COLABORACIÓN ENTRE FAMILIAS Y PROFESORADO?
A veces el profesorado tiene la creencia de que las familias de bajo nivel socioeconómico no están preparadas para dar el apoyo y la orientación necesaria a sus hijos.

La participación de las familias en la escuela es entendida por ambas partes de forma muy limitada, circunscribiéndola a la asistencia a reuniones formales y/o informativas y a otras actividades puntuales organizadas por el centro.

Hay padres y madres que dicen inhibirse y no participar por falta de información técnica y legislativa, no saber hablar en público, por un cierto sentido del ridículo ante su falta de formación, etc.

Los profesores a veces se quejan del desinterés de las familias por solucionar los problemas escolares de sus hijos (por ej: no acuden cuando se les llama), y, en otras ocasiones, critican la intervención de aquellos porque sobrepasan los límites recomendados (por ej: terminan haciéndoles los trabajos a sus hijos e hijas).

Existe una escasa preparación y tiempo del profesorado para involucrar a las familias en labores que faciliten el aprendizaje académico de los hijos e hijas.

Debido a las ocupaciones laborales, los padres y madres no siempre están disponibles en los horarios que los requiere el personal docente y argumentan falta de tiempo para atenderlos en casa.

Algunas actitudes o experiencias negativas en el centro ha llevado a veces a los padres y madres a rehuir el contacto con el personal de la escuela y viceversa.

Tendencia a culpabilizar y responsabilizar al otro de los fracasos del alumno. Los distintos estudios demuestran como el profesorado culpa a los niños y a las familias de los bajos rendimientos del alumnado y, a su vez, tanto los alumnos como las familias suelen culpar al centro.

Extraído de
EL ÉXITO ESCOLAR
¿Cómo pueden contribuir las familias del alumnado?
Santiago Ramírez Fernández
Antonio García Guzmán
Christian Alexis Sánchez Núñez
Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos


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