lunes, 15 de abril de 2013

El papel de la familia en la educación de valores en el contexto del siglo XXI

Nuestro presente tiene características muy definidas, el avance tecnológico ha permitido un enorme salto en las comunicaciones, además se progresó mucho en la producción de bienes, pero no así en la justicia de su distribución, ante esto ¿Qué podemos decir de los valores predominantes? ¿Qué hacer desde la familia?

Los valores tienen que ver con la ideología individual o colectiva y su estimación depende de ésta. Lo que se denomina (acertadamente o no) escala o teoría de los valores, depende de cómo valoremos las conductas y los actos, cada uno de nosotros y nosotras. Cada grupo social, cada persona, individualmente, fija sus valores positivos o negativos. Educar en valores: ¿qué valores? ¿Los socialmente aceptables, en cada modelo de sociedad? ¿Es un valor el libre pensamiento o el pensamiento único? No todos tenemos la misma respuesta.

La axiología es la teoría que estudia la naturaleza y criterio de los valores a lo largo de la historia de la humanidad y en cada estadio y pensamiento social. Dos extensiones de la axiología son la ética y la estética. Los valores se pueden clasificar en objetivos y subjetivos, pueden ser permanentes y cambiantes. Se pueden conceptuar en términos de jerarquía, en la cual algunos poseen una posición más alta que otros, según en qué casos, en qué grupos o en qué tipo de personas. Los valores son bipolares, es decir tienen su polo “bueno”, denominado valor, y su polo “malo” o contravalor. Es la persona la que se sitúa en cada polo, evitando “su” polo malo (según su ética o práctica moral), para realizar “su” polo bueno. Realizar un valor no significa preferirlo, sin más. Por ejemplo, en el valor de la solidaridad, si es que lo consideramos como tal, la realización de ese valor es su puesta en práctica.

Al igual que a lo largo de toda la historia, hoy, en este nuevo contexto del siglo XXI, ya inmersos en la sociedad del conocimiento y de la información, los valores individuales y colectivos son uno de los grandes retos a los que debe enfrentarse la humanidad. Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas.

¿Cómo adquieren los individuos sus normas éticas? Es evidente que las experiencias del niño, de la niña y del adolescente, en el ámbito de su familia, tienen una estrecha relación, tanto en el contenido de sus propios valores, como en la importancia que se les asigna en ese grupo familiar. Las niñas y los niños en las edades más tempranas aceptan, inicialmente, los que sus padres les indican, sobre lo que es bueno y correcto o malo, sea o no objetivo. Puesto que el niño desconoce alternativa alguna, acepta a sus padres como una fuente de comportamiento o información fiable (inducción de valores y normas).

Según Piaget, “en el desarrollo ético e intelectual de cada niña o niño, se pueden distinguir dos aspectos: el aspecto psicosocial, es decir todo lo que recibe del exterior, aprendiendo por transmisión familiar, escolar, social, de entre iguales... y por otro lado el desarrollo espontáneo, es decir lo que el niño y la niña descubren por sí mismos”. Si el niño y la niña reciben amor y ternura de sus padres, se despierta en ellos el valor del amor y de la ternura. Aquí, en este caso, se daría una recepción exterior y un descubrimiento, al mismo tiempo.

El sistema de valores de una sociedad, de una cultura, o de una familia, es algo muy complejo, fruto a la vez de procesos históricos, de substratos culturales determinados y de ritmos diversos de cambio social, como en los que, en la actualidad, estamos inmersos.

Los valores están sujetos a procesos de continuidad y de cambio. Son un reflejo de evolución o de estancamiento de una sociedad. En nuestros días, la profunda evolución y transformación de la familia y su propio rol; la globalización de la economía y de la política; la multiculturalidad y el pluralismo de la sociedad; la pérdida de influencia social del rol tradicional de organización eclesial, que está produciendo una creciente secularización; el tremendo avance de las comunicaciones; entre otros, son factores que están imponiendo una obligada atención hacia nuevas realidades y nuevos valores.

La familia como espacio orientador, preventivo y de amor cooperativo, en el contexto del siglo XXI
Durante siglos, los seres humanos hemos sido educados, en el ámbito familiar y escolar, en el credo de la intransigencia, de la represión, de la religión como un dogma, del castigo físico y moral, de la fe, de la caridad, de la jerarquía entre los sexos, etc.

Sin embargo, para la mayoría de las gentes de hoy, afortunadamente, educar en valores en el ámbito familiar debe ser educar en la libertad. Esto no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano. Educando, paralelamente, en los valores, principios y derechos que desarrollan la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta sociedad del conocimiento y de la información, en esta sociedad altamente competitiva, es necesario, en el ámbito familiar, educar para la autoestima y la autonomía: nadie puede vivir libre, si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza en sus capacidades. Es necesario educar en la dignidad de la vida humana, en el humanismo, como fuente de progreso, convivencia y cultura universal. Es necesario asumir y vivir que todos y todas somos diferentes, y que esa diferencia es la mayor riqueza de la humanidad, como lo es el mestizaje. Y, sobre todo, como método preventivo, es necesario educar a nuestras hijas e hijos a saber decir “no”; a saber distinguir lo que es una dependencia, de lo que es una relación saludable. Hoy junto a las dependencias más tradicionales, como son las drogas legales e ilegales, emergen nuevas dependencias, fruto de las nuevas tecnologías, que hay que enseñar a usar saludablemente.

Hay que educar a los hijos e hijas en la teoría de que no hay verdades absolutas; educar sin sesgos sexistas; educar para la generosidad y la solidaridad; educar para una sociedad democrática, cooperativa y participativa; educar para una tolerancia limitada; educar para la cultura de la imagen y de la comunicación. Hay que enseñar a ver la televisión y saber utilizar Internet y las nuevas tecnologías, como fuente cultural y de ocio. Los padres y madres deben dialogar muy estrechamente con sus hijos e hijas: hay que educar para una cultura medioambiental, para participar de un consumo sostenible; educar para el tiempo libre y un ocio saludable; educar para la salud; educar para actuar con hábitos cívicos; y, desde luego, educar en el valor de la corresponsabilidad, empezando por las tareas domésticas.

Los valores y actitudes en los que se han venido formando los jóvenes y adolescentes en las últimas décadas, sobre todo desde la década de los sesenta del siglo pasado, reflejan un profundo cambio axiológico, como consecuencia de posturas más permisivas, por parte de sus padres, no siempre muy acertadas y en parte confusas, que están determinando unas identidades emergentes que hay que tener muy en cuenta, tanto por la escuela, como por la familia.

Pero ese cambio axiológico ha venido dado, también, por la enorme influencia que, en niños, adolescentes y jóvenes, está produciendo la sociedad del conocimiento y de la información, sobre todo en las dos últimas décadas. También los mensajes, en parte negativos e irreales, que se lanzan, en especial desde la televisión, producen una nueva escala de valores para los más jóvenes.

En estos momentos, al inicio de este siglo, la mayoría de las familias se encuentran confundidas y algo perdidas ante esta nueva situación. Sin embargo, los adolescentes parecen tener bastante claras sus prioridades valorativas, figurando en lugares preponderantes, con diferencia, la familia y los amigos. Por detrás, figuran aspectos tales como el trabajo, el estudio y la escuela, el dinero, el sexo, la solidaridad o el amor. Concediéndole una relativa importancia a las religiones tradicionales y a la política.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente. Nueve de cada diez expresan que no hay ninguna causa política que justifique cualquier tipo de violencia. Por el contrario, una inmensa mayoría, más del 85%, nos indica que no merece la pena sacrificarse por la religión o por la patria. Un 80% acepta las tendencias sexuales como íntimas de cada persona.

Estas identidades, preferencias y valoraciones que los jóvenes expresan mayoritariamente nos dan las claves, a los padres y madres, de cuales son los valores en los que tenemos que educar.

La familia, del tipo que sea, en este inicio del siglo XXI, debe constituir un espacio vital para el desarrollo óptimo de la personalidad de niños, niñas y adolescentes. Pero, también, un espacio vital de convivencia de todos los miembros que la componen, cuando esta relación sea, verdaderamente, en libertad y no bajo la sumisión y la jerarquía.

Hoy, como valor añadido, ningún ser humano debe renunciar a ninguna de sus dos dimensiones: la individual y la social.


Lo que se viene denominando crisis de valores, que yo no comparto, responde a una insatisfacción general que alberga miedo ante el futuro, ante lo desconocido, ante los profundos cambios familiares, sociales, morales, tecnológicos y políticos que se están produciendo en las últimas décadas”.

Educar en valores no significa dejar de enseñar cosas, sino poner las bases para que nuestros hijos e hijas puedan y sepan ser libres, puedan desarrollar plenamente el libre pensamiento y la libertad de su conciencia, como valor primero de todo ser humano”.

Una mayoría muy importante de los adolescentes de hoy nos indica que merece la pena luchar por la justicia, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos, en contra del hambre y sus causas objetivas, por la igualdad de sexos y por la defensa del medio ambiente



Autor
Francisco Delgado Ruiz
Presidente de FAPA Albacete
Miembro de la Junta Directiva de CEAPA

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