martes, 6 de agosto de 2013

Familia y Escuela


¿Quiénes deben hacerse cargo de la Educación de las nuevas generaciones? ¿Solamente la familia, con ayuda de la escuela? ¿O la sociedad es también responsable?  ¿Cuáles son las características de la familia actual? ¿Qué valores asume la sociedad? ¿Cómo se ve la relación entre familia y escuela?


Uno de los grandes desafíos actuales consiste en afrontar los temas de educación y formación sin responsabilizar únicamente de ello al sistema educativo. Ante una sociedad en cambio como la actual es necesario reflexionar sobre el nuevo cometido de las dos instituciones educativas tradicionales: la familia y la escuela. La educación necesita “el diálogo” entre ambas instituciones para buscar puntos de convergencia a la vez que delimitar competencias y buscar cauces de comunicación e interrelación. A lo largo de las presentes páginas recorremos las demandas mutuas de ambas instituciones con el fin de lograr metas conjuntas. Se impone buscar formas de relación entre la familia y la escuela, que permitan una comunicación fluida, una información bidireccional y una colaboración de los padres en el contexto educativo.

Los padres solos no pueden educar a sus hijos, porque no pueden protegerlos de otras influencias muy poderosas. Los docentes solos no pueden educar a sus alumnos, por la misma razón. La sociedad tampoco puede educar a sus ciudadanos, sin la ayuda de los padres y del sistema educativo. (...). Si queremos educar bien a nuestra infancia, es decir, educarla para la felicidad y la dignidad, es imprescindible una movilización educativa de la sociedad civil, que retome el espíritu del viejo proverbio africano: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera” (Marina).

Un entorno cambiante: familia y sociedad
La más elemental observación a los movimientos de nuestra época nos hace pensar que todo está sometido a un cambio total: “Nada hay, parece, que merezca ser mantenido y conservado” (Rodríguez Neira). Hasta el presente, se había vivido según una estrecha franja de alternativas y modalidades, en un esquema estable, reducido y limitado en cuanto a la familia, trabajo, ocio y uso del tiempo libre. “Había pocas decisiones que tomar: era un mundo de alternativas mutuamente excluyentes” (Naisbitt). En un período de tiempo relativamente breve, esta cierta uniformidad ha estallado en multitud de opciones y estilos de vida que afectan a todos los aspectos del comportamiento, extendiéndose la idea de una sociedad de opciones múltiples a otros aspectos de la vida.
Naisbitt advierte esta multiplicidad de opciones en aspectos como la familia, trabajo, ocio, religión e, incluso, en la diversidad de los alimentos que existen actualmente. Así, la familia hoy, puede estar constituida por un padre o una madre solteros con uno o más hijos, una pareja sin hijos, una mujer que trabaje y un marido que se encargue de la casa, etc.; las opciones del trabajo son variadas: horarios limitados, horarios flexibles, trabajo en casa, trabajo parcialmente en casa y parcialmente en la oficina,...; en el ocio, se encuentran múltiples opciones en la música, cines, teatros,...; en la religión, cientos de sectas y de comunidades diversas independientes y un creciente interés por las religiones orientales constatan este pluralismo; en la variedad de los alimentos, tés de miles de sabores, productos exóticos que han pasado de las tiendas de alimentos especiales a los supermercados, frutas y verduras diseñadas con nuevos sabores. Todo esto es un reflejo de una sociedad que rebosa diversidad, un momento lleno de desafíos, interrogantes y, también, de grandes oportunidades.

En el ámbito familiar, el cambio, hoy, ya es un hecho. La familia actual, con uno o dos hijos, tiene poco en común con los hogares que incluían a parientes de todas las generaciones. De igual modo, los cambios han afectado a las relaciones interpersonales, dando lugar a formas diferentes de organización en la convivencia.

En las últimas décadas, estamos asistiendo a lo que Flaquer ha denominado “segunda transición de la familia”, en fase inicial y balbuciente en las sociedades más avanzadas, por lo que su naturaleza, desarrollo futuro y destino es difícil de predecir. Podemos definir la familia postpatriarcal”, modelo de esta transición, por el papel emergente que en él desempeña el patriarca y cuyas potencialidades democráticas todavía están por explorar. El querer delimitar rasgos y características de la misma no resulta nada fácil, ya que no existe unanimidad de criterios respecto a qué rasgos definitorios pueden concretar la misma. Factores como los cambios ideológicos y legislativos, aspectos demográficos de la familia, cambios en el proceso de formación de la familia, la creciente incorporación de la mujer al trabajo, el divorcio, la reducción del tamaño de los hogares, la prolongación del período de estudios, etc., tendrían cabida dentro de lo que se podría considerar la familia postpatriarcal o postmoderna. Pero hay una serie de valores más específicos que afectan a ésta como consecuencia de los cambios y tendencias en los que se van moviendo las sociedades desarrolladas. Pasemos a describirlos.

A comienzos del tercer milenio, nos encontramos en el imperio de lo “light”: bebidas sin alcohol, café sin cafeína, carne sin grasa y, de igual modo, se habla de una ética “light”, indolora, una especie de moral donde no se imponen renuncias, ni sacrificios, ni deberes. Vivimos en una sociedad alérgica a todo tipo de compromisos, sacrificios y renuncias, pocas lealtades duraderas, una sociedad cargada de ofertas confortables y que no exijan sacrificio. Ante tal situación, parecen imponerse síntomas que evidencian un nuevo modelo de familia, la “familia light” (González Anleo), donde se puede observar la pérdida de unas funciones y compromisos y donde no hay renuncias, ni sacrificios, ni deberes.

Un signo distintivo de ésta segunda transición de la familia es el incremento del individualismo. Parece existir un cambio en las preferencias, orientado hacia una progresiva individualización. La necesidad de un amplio espacio para lo individual está en conflicto, por ejemplo, con tener hijos o, al menos, un cierto número de ellos, pues la convivencia en grupo, por reducida que sea, implica ciertas renuncias.
El refuerzo de la privacidad es otro de los aspectos que reflejan la importancia creciente de lo personal e individual. Lo privado, personal, íntimo, es el ámbito propio de la familia, de las relaciones de pareja y de las relaciones con los hijos. El proceso de privatización supuso la creación de un espacio doméstico privado, cerrado hacia el exterior y donde las relaciones internas van adquiriendo, cada vez, mayor densidad afectiva. La familia se constituye en “gestora de la intimidad”.

La importancia del presente, la urgencia de las gratificaciones inmediatas, domina la mentalidad actual. Estamos bajo el imperio de lo efímero como dice Lipovetsky, máximo exponente de la postmodernidad. El hombre postmoderno se encuentra sumergido en una red de sensaciones, estímulos e informaciones, sin que exista un eje capaz de estructurarlo. Vivir el presente, lo inmediato, inmerso en programas breves, en el estímulo de “vivir el instante”, sin que interesen grandes proyectos.

El estilo de vida moderno se ha vuelto imprevisible e impredecible. La necesidad de novedad, de conseguir nuevas sensaciones y sensibilidades, de innovar, ha conducido a una civilización distinta de las anteriores: en formas distintas de trabajar, de vivir y amar, donde “lo nuevo” es lo que realmente se demanda. Las modas se suceden rápidamente, viviendo a un ritmo trepidante. En una sociedad de ofertas casi infinitas, al menos en cuestiones materiales, son demasiados los objetos a comprar, los países a visitar, las actividades de tiempo libre entre las que se puede escoger. Las industrias producen artículos, objetos y complementos de escasa duración, que afectan a toda la realidad. Es la sociedad del “tírese después de usado”, según Toffler. Pañales, servilletas y pañuelos de papel, botellas, envases de cartón para la leche, ropa de papel o de materia similar, lentillas para un solo día, etc., productos creados para ser usados una sola vez o por breve tiempo, son, cada día, más numerosos y cruciales para nuestro estilo de vida. El consumo se convierte, así, en una fuente de tensión familiar que afecta tanto a jóvenes como adultos y ancianos. El modelo de consumo establece cambios incesantes en la ropa, la decoración, el “zapping” del televisor, cambio de imagen, de trabajo, de domicilio. “El consumo es velocidad, impaciencia y continua simulación de renacimiento” (Verdu).

Todos estos factores “externos” inciden directamente en la vida escolar y familiar y se constituyen en una de sus preocupaciones. Se ha originado una escala de valores radicalmente distinta y el sentido del tiempo y la seguridad acerca del futuro ha cambiado enormemente en la sociedad actual. Cabe citar un texto de Julián Marías, en el que sintetiza cuánto supone la tarea de comunicar al hijo, “función narrativa”, que han de ejercer los padres, lo que él denomina la adquisición del “espesor histórico”; es decir, la transmisión de valores que introduce al niño o niña en un mundo que es histórico. Aunque la cita sea larga, nos parece que merece la pena no omitir nada:

Cuando mi padre contaba recuerdos de niñez, cuando hablaba de su padre, de su abuelo, a quienes no he conocido, cuando hablaba de episodios de la segunda guerra carlista, me introducía en un mundo histórico [...]. Esta función produce en el hijo un espesor histórico que es lo contrario de la descapitalización que se está produciendo de una manera absolutamente aterradora en las sociedades actuales, en la que los jóvenes viven en un mundo que no tiene apenas espesor, que es puro actualismo. Y esto no solamente por la conversación, por el diálogo, por la presencia de los padres, sino por la ausencia, actualmente, de cosas materiales, de lo que me acuerdo que llamé en un artículo hace muchísimos años el fondo del arca. Aquellos viejos armarios de las casas antiguas, de donde empezaban a salir cosas olvidadas, de las cuales no se acordaba nadie, pero que, al irlas sacando, empezaban a evocar cosas del pasado de los padres, de los abuelos y constituían un mundo en el cual participaba el niño, adquiriendo espesor histórico”.

Cuando los padres cuentan cosas, consiguen inyectar en los hijos su propia realidad. Este aspecto puede estar perdiéndose en la actualidad, debido a la lejanía de los abuelos, en muchas ocasiones, o a la dejadez o rapidez en las vidas de las familias actuales. En las sociedades actuales, en las que se vive en un mundo que no tiene apenas espesor, sino puro actualismo, se puede perder esa transmisión de las pautas de comportamiento, de ordenación de la realidad, de preferencias entre generaciones, de que el nuevo ser quede vinculado a su familia. No hay posibilidad de identificación, si no hay presencia, contacto y encuentro entre padres e hijos.

Familia y escuela: demandas mutuas
En la actualidad, familia y escuela se hallan en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que no se deben al azar. Tradicionalmente a la familia y a la escuela se les ha asignado la función de ser transmisoras de los conocimientos que los individuos jóvenes necesitan para la vida futura, así como de la socialización en las normas y valores. Sin embargo, vivimos un período en el que las instituciones tradicionales se muestran poco capaces de transmitir con decidida solvencia valores y pautas de conducta. Son dos realidades que escasamente se influyen entre sí. Una paradoja parece darse entre la escuela y la familia: “en la mayor parte de los casos, la escuela no encuentra a la familia cuando la convoca, a la vez que la familia no siempre tiene un lugar en la escuela, cuando está convencida de que es imprescindible su participación en ella” (Ianni y Pérez).

Hoy en día se tiene la sensación de que ser padres es una tarea complicada, difícil, ya que no sirve la improvisación y se exigen destrezas específicas. No se puede educar como se hacía en el pasado, porque las situaciones son nuevas y los esquemas anteriores no valen. Los padres, con frecuencia, se encuentran desamparados antes situaciones nuevas que ellos no vivieron en sus familias. Cuestiones sobre: qué y cómo hacer con los niños y los adolescentes, cómo orientarles con relación a su profesión futura, cómo abordar los problemas que plantean, cómo controlar sus amistades, cómo inculcarles valores, etc., representan el contenido de lo que para los padres actuales constituye la educación y aparece lógicamente como una preocupación inmediata. Se advierte “cierta perplejidad” bastante extendida, un “no se por donde tirar”, en medio de una sociedad heterogénea en opciones, valores y estilos de vida. La tarea de ser padres precisa de una seria y permanente formación aunque, paradójicamente, sea el único “trabajo” para el que no se exige ningún tipo de aprendizajes previos.

Por su parte, la escuela también ha cambiado. De ocupar apenas un discreto lugar en la vida de las personas, ha pasado a absorber la niñez, la adolescencia y buena parte de la juventud. La escuela ha tenido que realizar muchos cambios en el ámbito de la organización, de currículum, programación, evaluación, etc. para, cumpliendo la ley, dar respuesta a una población muy heterogénea y diversa, así como a toda una serie de problemas y situaciones que se presentan en la actualidad. Pese a tener el mejor sistema educativo, a los profesores con una mayor preparación y unas dotaciones financieras y materiales impensables hasta hace muy poco tiempo, prevalece un sentimiento de crisis e, incluso, un generalizado desconcierto entre los profesores y los padres/madres de los alumnos. Así, algunos de los problemas que están emergiendo de una forma significativa en todos los centros de secundaria y, también, en los de primaria, hacen referencia a los problemas de conducta, de inadaptación escolar y social, de disciplina y violencia escolar, de tolerancia y discriminación entre iguales, de consumo de drogas y conductas antisociales, de absentismo, etc.

Debemos partir de la aceptación insalvable de que escuela y familia son insustituibles en educación. La labor educativa sería más fácil y, a la vez, más eficaz, si ambos mundos encontrasen caminos de interacción. Es inviable su separación, tienen la necesidad de coordinarse y deben lograr metas conjuntas: el principio de “responsabilidad compartida de la educación”. “(....) la escuela sola y sin la colaboración de las familias obtendrá pobres resultados en comparación con los que pueden lograr si ambas instituciones actúan conjuntamente; la familia sola, sin actuar coordinadamente con la escuela también estará limitada en sus resultados, además de provocar contradicciones en los procesos formativos de los niños y adolescentes” (Vázquez, Sarramona y Vera).



Extraído de
Familia, Escuela y Sociedad
Susana Torío López
Universidad de Oviedo


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