lunes, 5 de noviembre de 2012

El conflicto como entorno para crecer de modo saludable


¿Qué es un conflicto? ¿Constituye una oportunidad de crecimiento? ¿Es algo necesariamente negativo? ¿Cómo se viven las transformaciones? ¿Qué rol juegan las pantallas?



El niño, y el adolescente, de modo más intenso y continuo, viven en el laberinto del conflicto. En la tendencia contradictoria entre el interior, que les pide salir, explorar, descubrir su identidad, probar, acariciar los riesgos; y el exterior, que establece límites, normas y obligaciones. Es interesante la observación de Jean-Pierre Warnier que considera más conveniente el término de identificación, ya que es contextual y fluctuante. Es decir, en el actual marco globalizado, todos nosotros asumimos identificaciones múltiples que movilizan elementos distintos de la lengua, la cultura, etc., en función del contexto. En cualquier caso, el crecimiento supone una molesta y complicada crisis de identidad, en la que niños y jóvenes, ejercitan la lucha diaria consigo mismos, con los demás y con el entorno, buscando descubrir y apropiarse de su personalidad. Ciertamente, la presencia de un adolescente en casa o en la escuela es muchas veces complicada, pero no se puede olvidar que ellos están creciendo en esta tensión, y que ese crecimiento tampoco les resulta ni cómodo, ni fácil.


El conflicto crece con la paradoja del aislamiento y alejamiento de la familia, y la aproximación y búsqueda de compañía en el grupo. Será este encuentro con el “exterior” lo que les enseñará las normas y pautas sociales. Al joven le interesa, sobre todo, ser “alguien en el grupo”, por el afán de integración y pertenencia.


La autoestima significa ser valioso y digno de ser amado. “Valioso” porque eres capaz de resolver algunas situaciones con éxito y por lo tanto puede estar a la altura de los demás, y “digno de ser amado” porque se trata de una persona y por lo tanto tiene derecho a ser amada de manera incondicional, es decir, sabe que está rodeada de personas a las que realmente les importa. Es un autoconcepto que desempeña un importante papel en la vida de las personas. Tener un autoconcepto y una autoestima positivos es de la mayor importancia para la vida personal, profesional y social. Favorece el sentido de la propia identidad, constituye un marco de referencia desde el que interpretar la realidad externa y las propias experiencias, influye en la imagen que se tiene de sí mismo, y, por consiguiente, en su propio rendimiento y proyección, condiciona las expectativas y la motivación y contribuye a la salud y equilibrio psíquicos.


El adolescente experimenta la autoestima especialmente desde cuatro aspectos básicos:

a) Vinculación: dejó los estrechos lazos que tenía que con la familia, con su padre y madre, auténticos referentes, para iniciar un camino de exploración de nuevas vinculaciones, especialmente con el grupo de iguales.

b) Singularidad: atributo que le satisface en la medida en que es considerado y reconocido por los demás por sus propias cualidades. Este reconocimiento le aporta respeto y aprobación.

c) Poder: como conjunto de medios y recursos para modificar sus circunstancias, lo que le afecta y rodea.

d) Modelos y pautas: verdaderos puntos de orientación y referencia para su modo de pensar, sentir y comportarse. Referencias para establecer sus valores y creencias. El asentamiento de estos cuatro aspectos generarán en el adolescente su autoestima, el concepto de sí mismo, y su valía como persona vinculada, única, con capacidad para decidir desde unos modelos y criterios claros y asertivos.



De los últimos estudios realizados por la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) y referidos por Elena Rodríguez, cinco son los referentes más significativos.

1. La normalidad como aspiración.
2. Demuestra que eres joven.
3. Dos tiempos, dos modos de ser.
4. Integración=consumo.
5. Responder a una expectativa”.

“Ser normal” es considerado como “ser y hacer lo que todos”. Reproducir sin esfuerzo lo que se espera de ellos, les hace sentir incómodos y les molesta ser etiquetados. Los adultos los vemos distintos, innovadores o peligrosos. No quieren ser el “rarillo” del grupo, el que todos miran como algo extraño y fuera del grupo. Ser normal (entre ellos) es ser igual a los demás jóvenes, responder a las expectativas que los compañeros tienen.


Este ambiente de normalidad que tienden a imitar para sentirse uno más en el grupo, que busca el joven también comprende sus prácticas de consumo. La ropa, la música, los lugares de ocio, son “una marca” que los reconoce, integra y legitiman en el grupo. Explica Verdú , que “si en el capitalismo de producción lo importante fueron las mercancías y en el capitalismo de consumo lo importante fue lo que una voz dijera sobre ellas, en el capitalismo de ficción es el propio artículo que habla. Coca-Cola habla de jovialidad, Body Shop de conciencia ecológica...”. Y continua “el nuevo capitalismo de ficción no es por tanto como los anteriores capitalismos, un sistema sin corazón, sino por el contrario la afectividad es aquello que más le importa. El último anuncio norteamericano de Nescafé no habla en Estados Unidos de un surtido de cinco sabores sino de cinco emociones”. La intensidad en la que el adolescente vive sus relaciones en el grupo de pares depende de sus vínculos emocionales, de la trama afectiva que entreteje el grupo. El consumo del producto no satisface el propio consumo, sino la sensación de bienestar en el grupo, de reconocimiento “es uno de los nuestros”, de identificación “siente lo mismo que nosotros”.


Requena define la relación del espectador como “la interacción que surge de la puesta en relación de un espectador y de una exhibición que se le ofrece”. Esta relación pasa por tres componentes: la mirada, el cuerpo y la distancia. La mirada en la distancia respecto al cuerpo (imagen que se exhibe). El autor subraya la distancia como aquello que permite la implicación, el gusto por lo narrado. La seducción entre mirada e imagen, sujeto y objeto, obtiene en la distancia el disfrute no sólo de la narración, también de la obtención del sentido, cuando la reflexión se produce. El espectáculo televisivo ha devorado y engullido los diferentes medios expresivos y sus manifestaciones artísticas (cine, radio, cómic, pintura, teatro...). El análisis y la lectura televisiva se hacen complejas y eclécticas. Añadamos que la pequeña pantalla está colocada en los lugares más íntimos de la casa, ocupando un espacio que hasta hace pocos años era privado y doméstico. Como explicita Requena, la distancia que hay entre mirada y cuerpo ha sido abolida en sentido literal o físico (no hay dos metros entre televisor y espectador) y simbólico (los reality show ponen delante de nuestros ojos la intimidad de muchos otros).


El fenómeno de la mirada, anteriormente descrito, se torna más complejo debido a la variedad de pantallas que pueblan el entorno infantil y juvenil, así como el de la familia, generando asimismo un amplio espectro de conflictos. Cualquier representación en los medios, sea cual sea su formato, soporte o género, provoca diferentes reacciones según las miradas que atrapen la imagen. La relación entre mirada y representación, ya ubicados en el entorno familiar, es el resultado de una serie de variables que integra al espectador que mira, al espectáculo que es mirado, al contexto de recepción –que contiene el quién mira, el cómo mira y cómo interacciona lo que mira-.

Es evidente, que esta fenomenología de la mirada conduce hacia la fenomenología del conflicto, no sólo en la medida en que la representación siempre es un conflicto que se debiera resolver con mirada inteligente, sino porque la propia mirada también lo es, como lo son las relaciones intrafamiliares que provoca el espectáculo visto, en las relaciones interfamiliares. O sea, una serie que expone un determinado modelo familiar como, por ejemplo, Los Serrano, provoca un conjunto de identificaciones y proyecciones en sus diferentes roles (hijos, padre separado, compañera sentimental, hermanos...), que deriva en un pautado abierto de conductas en sus telespectadores.


Consideramos que el término “conflicto” debe despojarse de connotaciones necesariamente negativas, más cuando hablamos de comunicación en la familia. Entendemos el conflicto como oportunidad para crecer, tanto los hijos, como los padres y madres. Sin olvidar que crecer no es fácil, ni cómodo, ni para unos, ni para otros, aunque menos para los primeros. Por tanto, discrepamos de las voces agoreras que cuando hablan de los niños y jóvenes, (especialmente) les añaden adjetivos como difíciles, o conflictivos, preferimos hablar de situaciones conflictivas, en las que todos y cada uno de sus agentes forman parte como causa, pero también como solución. Padres, hijos y pantallas conforman el territorio en el que se diseñan un conjunto de relaciones que pueden permitir el desarrollo de un consumo sano y autónomo, además de responsable.


Siempre que se habla de educación, y por tanto de mediaciones, entendemos que el proceso es fundamental, como justificante de la mediación y como sentido de la misma. Crecer es un proceso lento, complejo, trabajoso, nada fácil. Los padres y madres viven con frecuencia y con angustia, la “falta de resultados” en su quehacer educativo. “Tantos años dejándome la piel, sacrificándome, dándoles consejos, procurando lo mejor para ellos, para que salgan así”, es el comentario de muchas familias. Cuando los hijos asoman a la adolescencia, esta sensación se acrecienta, entrando muchos padres y madres en un túnel, en el que sienten más la oscuridad de su interior, que la luz del “otro extremo”. Una vez más, la esencia y el sentido del proceso puede devolver la esperanza. Todo lo que los padres y madres han hecho por sus hijos, todos aquellos momentos en que han sido modelos y referentes, quedan en la experiencia del hijo como norte para vivir con sentido su propio crecimiento, nunca exento de conflicto. Ese conjunto de presencias que los hijos han vivido con y de sus padres y madres, dotarán de contenido los años de crisis y conflicto, convirtiendo la transición del niño al adulto en un viaje con horizonte final.


El adolescente siente y experimenta con fuerza, y frecuentemente con impotencia, un conjunto de cambios y transformaciones. Primero y, sobre todo, en sí mismo, simultáneamente en los que le rodean y en su entorno. Pero los padres, también viven contradicciones, entre los valores que intentan educar, y los valores que sus hijos viven y aprenden en la calle, con sus amigos, y de las pantallas. Con frecuencia esta contradicción se convierte en impotencia, y en rabia. Les asalta la sensación de que todo lo que hacen no merece la pena, y que tanto esfuerzo no sirve para nada. Vuelven al túnel, pesando más la oscuridad del presente, que la luz del pasado y del futuro. De nuevo urge recuperar el sentido del proceso y del conflicto en sus mediaciones. Proceso por el que todo lo hecho por sus hijos queda, y conflicto porque los hijos, como los adultos, evolucionan y están en constante adaptación al medio y al entorno.


Para entender el conflicto en relación con el multiconsumo de pantallas como oportunidad para crecer, explorar, conocer y reconocerse, se precisan algunas consideraciones. Primero, el análisis de la construcción social, cultural y mediática de los jóvenes, representación que condiciona de modo general la recepción de los adultos, y de los propios jóvenes en particular. Una recepción asociada al estado de la sospecha: jóvenes etiquetados como violentos, vagos y egoístas. Segundo, el olvido que con relativa frecuencia nos impide entender que crecer no es fácil, ni cómodo, ni para nosotros –adultos-, ni para los niños y, menos para los jóvenes. La percepción que ellos tienen de sí mismos no es muy positiva, se aceptan con dificultad, tienen una baja autoestima, experimentan continuos rechazos de sus compañeros.


La percepción positiva de sí mismo, dotada de la suficiente autoestima, no es un ejercicio saludable que practiquen los medios de comunicación social, en los estereotipos y representaciones juveniles con que salpican sus representaciones mediáticas. La imagen sucia que ofrecen los informativos, y la eterna juventud, triunfadora y bella, que ofrecen la publicidad ayuda bastante poco a la construcción de una imagen del propio joven sana y asertiva. Muchos problemas de autoimagen que preocupan y mucho a los niños y jóvenes guardan relación con estas “instantáneas”, que imponen los medios, de cuerpo diez y éxito fácil. La familia es un agente esencial para desarrollar mediaciones constructivas entre estos consumos y los propios niños y jóvenes.


Es evidente que ya no podemos definir el hogar como “cuarto de ver”, pues la multiplicidad de pantallas, ha convertido la casa en un conjunto de “rincones para ver”. Estos escenarios para la mirada y la interacción se despliegan entre lo que podemos denominar espacios públicos y controlados, y espacios privados. Los primeros (cuarto de estar, o lugares donde varios miembros de la familia son espectadores o jugadores –no podemos olvidar el fenómeno de la “”Wii” de Nintendo, que antes, -aunque de un modo más primitivo había conseguido Sony;con la “Play Station”, dotando al jugador-es de un mando que permite jugar a varios a la vez, incluso movilizarse alrededor de la pantalla-. Pero la “Wii” ha abierto un nuevo segmento en el mercado, proporcionando un modelo de consola, con un software apropiado a otro público. Mientras Mirosof t y Sony siguen tratando de ampliar su mercado masculino de 18 a 35 años, Nintendo ha adoptado un marketing diferente, dirigiendo sus productos a la mujer y al juego en común de padres e hijos. Los espacios privados (dormitorio, cuarto de estudio) conforman un escenario para el visionado, el juego, la conversación o navegación por Internet, de uso individualizado, ajeno al control y conocimiento de los padres, que suponen otros consumos, otras interacciones y otros conflictos y retos para la familia.







Extraído de
Consumos y mediaciones de familias y pantallas
Nuevos modelos y propuestas de convivencia
José Antonio Gabelas Barroso y Carmen Marta Lazo
Programa Pantallas Sanas
Diseñado por la Dirección General de Salud Pública del Gobierno de Aragón

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